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Jueves 09 de Septiembre de 2010 | 21:24 h

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A la crisis se viene llorado de casa

17 de Mayo del 2010

jose_r_repullo2.jpgJosé R. Repullo. Escuela Nacional de Sanidad. Instituto de Salud Carlos III.La factura la debemos pagar los trabajadores; sí o sí; no hay alternativa; pero la responsabilidad debemos endosársela a quienes por acción u omisión han permitido que esto ocurra.

Ahora ya está claro que quien va a pagar la crisis no es quien la ha provocado, o quien más se ha beneficiado del descontrol que la ha hecho posible. Nada nuevo, pues simplemente es una constatación de una constante histórica.

En la economía productiva quien genera en último término valor es el trabajo; y el factor trabajo es un atributo exclusivo del ser humano. Como suele decirse: lo malo de trabajar es que no deja tiempo para hacer dinero. Algunos se lo han tomado tan a pecho, que parece que se han superespecializado en esta función de mover dinero de un lado a otro, o bien de hacer intermediación (mangoneo) en clave político-empresarial, quedándose con trozos variables de la tarta (en especie o en dinero). Quizás la excelencia alcanzada en estas artes bucaneras observada en Baleares sea de difícil superación (aunque todo es posible).

La factura la debemos pagar los trabajadores; sí o sí; no hay alternativa; pero la responsabilidad debemos endosársela a quienes por acción u omisión han permitido que esto ocurra. Y entre otros al mal gobierno de nuestro gobierno (nuestros gobiernos). Y a su absurda concepción de las políticas de progreso como posicionamientos de gratificación popular fácil, o de vistoso colorido ideológico, pergeñados cada semana para dar empujoncitos a la opinión pública en un miope cálculo de ventaja electoral.

Los gobernantes miran las próximas elecciones; los estadistas miran la generación futura; ¡qué pocos estadistas tenemos!; y cuánto se echan de menos en la izquierda política: la socialdemocracia se nos ha deslizado vía postmodernismo hacia un triunfal descenso al abismo electoral; la “izquierda a la izquierda”, más que a generaciones venideras, dirige su discurso hacia un público de existencia tan digna como leve y testimonial, abandonando de hecho el universo de la acción política práctica.

Tesis central: las políticas redistributivas han de hacerse todos los días; el “reformismo” es una acción de gobierno cotidiana que exige un manejo inteligente y comprometido de los poderes del Estado; exige profesionalización de la función pública y ejemplaridad de los políticos; precisa conocimiento y articulación consistente de acciones a lo largo de los años. Más aún, el “regeneracionismo” supone ser capaz de abordar cambios estructurales de calado; y en todo cambio molestamos a adversarios y a amigos; pero gobernar es lo que tiene; supone ajustar intereses en conflicto, y buscar alinear la acción del sujeto social a una mayoría, a través de proyectos de acción social que mantengan una coherencia razonable.

¿Por qué no se puso en marcha en 2005 un cambio en la sanidad?; muchos lo propusimos en un ambicioso proyecto de “Nuevo Contrato Social para un Sistema Nacional de Salud Sostenible”; se presentó en unas Jornadas realizadas en el Consejo Económico y Social, apoyadas por Comisiones Obreras en la estela de reeditar algo parecido a un Pacto de Toledo; curiosamente, a su inauguración acudió una Elena Salgado escasamente receptiva (cuánto le hubiera convenido apoyarlas, visto desde su amarga responsabilidad política actual).

Otras personas de reconocido prestigio alertaban del problema (decía Vicente Ortún eso de que el SNS tenía buena salud pero mal pronóstico); pero el Ministerio de Sanidad (y las Consejerías) se adormecían y nos adormecían a todos con el discurso aquel de que este es el mejor SNS del mundo (la envidia de Obama) y que era baratísimo (nadie contaba con los 450€ per cápita que parece que ya acumulamos en el cajón de déficit); y que los “pesimistas” sólo queríamos arruinar la fiesta por razones varias (y no todas muy justificables).

Seamos claros; el SNS y el Ministerio de Sanidad dejaron en 2002 de tener la presión de gobernar y encontraron una nueva paz muy cercana al nirvana. El SNS tiene 24 años de historia, pero los últimos 8 años parece que ha estado de vacaciones (o con un contrato de tiempo parcial muy liviano de llevar). Y así no podemos sobreponernos a los problemas de un imperfecto diseño legal y de la ausencia de arquitecturas efectivas de funcionamiento del propio sistema.

Ejemplo palmario de este déficit de reformismo rayano en la indolencia: arreglar la cobertura universal, redefiniendo la actual vía basada en la afiliación a la Seguridad Social por una nueva basada en la condición de ciudadanía: ¿cuántas veces lo dijimos?, sólo cuando la crisis deja en evidencia la situación ambigua de los parados (españolitos) de larga duración, se activan las alarmas rojas y se sale de la siesta; si ya éramos universales, ¿a qué ahora sacar una “Ley de Universalización de Verdad de la Buena”?

¿Y de “regeneracionismo político”?; de eso ya ni hablamos. Hagamos una breve lista:

  • las leyes electorales (costes injustamente variados de votos por escaños);
  • la democracia interna de los partidos políticos (más bien su ausencia);
  • el dominio del “aparato” en las listas cerradas y bloqueadas de las elecciones;
  • la impugnación de estructuras ineficientes como el Senado (reforma o extinción, pero más siesta retribuida no, gracias);
  • el derecho a la información y la rendición de cuentas (toda información generada con dinero público debe ser de dominio público salvo protección de datos personales);
  • la profesionalización y apoyo a los cuerpos y agencias de inspección y control (tributario, de trabajo, de investigación de la corrupción, etc.);
  • la corrección de excesos coloristas del Estado fragmentario expansionista y divertido que hemos creado (cada Comunidad Autónoma, Diputación Provincial, Cabildo Insular o Municipio tiene su propio proyecto o incluso oficina de Cooperación Internacional – que incluye una agencia benefactora y compasiva de viajes);
  • y, por encima de todo, la ocupación partidista del espacio de la administración pública para repartir cargos como botín electoral.

BUEN GOBIERNO; esta es la receta; dispénsese en dosis apropiada (de caballo en el momento actual). Está escrito; hay ejemplos; sólo hay que buscarlos; ya no es sólo poder, es simplemente querer. Pero, se entiende, es difícil entusiasmarse con esto de Hara-Kiri. ¿De donde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? (parafraseando a Miguel Hernández).

Pero no vale quejarnos amargamente; también somos nosotros (en mayor o menor medida) responsables de este desaguisado; es lo que tiene el “confortable Estado del Malestar” en que nos hemos acostumbrado a vivir (refunfuñando pero contentos); dicen los italianos “¡Piove, porco governo!” El gobierno tiene la culpa de todo, y debe cumplir su papel de cordero pascual, y ser sacrificado en ceremonia pública para pagar por todos nuestros pecados. No nos engañemos; sólo la acción social y política de los ciudadanos puede hacer que cambien las cosas de verdad; difícil camino, pero no se me ocurre otro.

Mientras tanto, quiero decir a todo el mundo que no me busquen en los próximos meses en manifestaciones o paros donde se quiere escenificar eso tan español de que “pague otro la crisis” (o incluso aquello de que lo paguen los que más tienen). Porque para construir una sociedad fiscalmente más justa y solidaria no vale una tempestad de movimientos en un momento de desesperación; hay que gobernar todos los días, crear marcos tributarios inteligentes y sostenibles, evitar la gestión temeraria y oportunista de las administraciones públicas, hacer sindicalismo responsable, no usar lo público como botín electoral, fortalecer la aplicación de la ley, apoyar la sanción a quien la incumpla o defraude su contribución a la sociedad, y respaldar los cambios estructurales (especialmente cuando la situación económica los hace menos traumáticos).

Tenemos que estar dispuestos a pagar ahora la factura de la crisis; con algunas líneas rojas para defender a los que realmente son más vulnerables; parados sobre todo; rentas mínimas también. Pero el porcentaje de nuestro bienestar que vamos a sacrificar en los próximos años, hemos de endosárselo a los gobiernos actuales y futuros en forma de exigencia ciudadana de reformas estructurales y de regeneracionismo político. Usemos el voto en las próximas elecciones; pero no es suficiente; sólo un movimiento ciudadano estable, independiente, educado en las formas, pero radical en el fondo, puede apoyar el cambio político e institucional necesario.

A la crisis se viene llorado; sin mirar atrás reivindicando desgañitados por los derechos adquiridos (muchos de los cuales provienen más de avatares de la historia que de un concepto racional de justicia o equidad). Y menos cuando en este corifeo podemos encontrar arrimados “epulones” de la industria, aristocracias profesionales, funcionariales o sindicales, o estructuras parásitas de todo tipo, que lloran con más fuerza que nadie para defender sus rentas (más aspavientos cuanto menor valor añadido al bienestar social).

A la crisis hay que venir mirando al futuro, para promover las trasformaciones que permitirán a las generaciones futuras tener un país decente, una economía sostenible, unos servicios de bienestar que eviten la exclusión y legitimen la ciudadanía española, y una calidad democrática que permita la convivencia y la creación de proyectos sociales de progreso.

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